martes 27 de enero de 2009

LOS SAMURAIS

Los samuráis eran educadísimos, exquisitos, de buena familia, adinerados, honorables y leales, estudiosos y sabios; eran monjes y guerreros, silenciosos y discretos, y siempre recibían a todos con una sonrisa;
aprendían de todos; admiraban y respetaban al enemigo, paseaban por los pueblos investigando los problemas de sus habitantes, se mezclaban con ellos y ayudaban a lo que fuera;
guerreros humildes, por eso eran tan estimados y los llamaban señores de la guerra pero también señores de la tierra... les llamaban señores; tenían un gran respeto por la belleza, la armonía y las mujeres, y por la vida... todo aspecto de vida.
Eran guerreros pero nunca mataban a un animal o insecto, adoraban la música, les elevaba...
el orden, la limpieza y la organización, y jamás llevaban a sus tropas a una lucha sin sentido.
Los samurais se arrodillaban ante sus enemigos como señal de respeto antes de comenzar una batalla, todo el ejército, reverenciando, de esa forma, el arte de la guerra... aunque a la hora de matar o morir no titubearan.


Creo que son cualidades que toda buena persona debe tener y cultivar, al margen de ser samurái o no... eso es una parte ínfima de los valores de un samurai.

Vicente
Un Abrazo

miércoles 19 de noviembre de 2008

CURSO "EL GESTOR DE EMOCIONES"

Hola a todos:

Desde la Federación Valenciana lanzamos un Curso muy interesante para aprender a gestionar nuestras emociones.

Os dejo información. Un Abrazo.

"En tu Interior, NO hay crisis"

"APRENDE A GESTIONAR TUS EMOCIONES"


El "Gestor de Emociones" es un Curso que marca un antes y un después: pasamos a tener un total control de nuestro cuerpo y a observar, entender y solucionar los problemas emocionales del día a día. Conseguimos equilibrar nuestro cuerpo físico junto con el cuerpo emocional para así reclamar nuestro derecho a ser felices, aquí y ahora.

¿Cómo funciona?


Mediante tres sencillos pasos: Respirar, Visualizar y Crear, utilizando distintas técnicas de Programación, Relajación y Meditación.


Desde que nacemos, nuestra mente toma el control, y si este control no es supervisado por nuestra voluntad, se desboca libremente recordándonos continuamente qué debemos hacer, dónde tenemos que ir, antes incluso de acabar lo del momento. El resultado es vivir en el futuro y acumular ansiedad por todo aquello que somos incapaces de alcanzar hoy.

¿Cómo solucionarlo?


El secreto es re-educar nuestra mente. Si simplemente practicamos una meditación en la que nos obligamos a no pensar en nada, acabaremos más estresados que antes de comenzar. Nuestra mente lleva muchos años con el control y lo más probable es que se queje constantemente por esta pérdida de poder.


El proceso de re-educación comienza en la fase uno, aquí es donde realmente nosotros tomamos el control.

Fase 1 - Aprender a respirar


Aprenderemos a respirar correctamente y de ese modo relajarnos simplemente con el acto de respirar. En la actualidad y, dado nuestro estilo de vida sedentario, no realizamos una correcta respiración y únicamente utilizamos la parte superior de los pulmones, una tercera parte de nuestra capacidad total. No es de extrañar que nuestro cuerpo, acelerado por la falta de oxígeno, se fatigue, dando pie al estrés y a la sensación que no tenemos tiempo para nada.


Controlar la respiración no solo es bueno para el cuerpo físico, sino también para el mental. Si lo logramos, conseguiremos una mayor oxigenación de cada célula del cuerpo, aportando beneficios tan diversos como: regular la tensión, reforzar el sistema inmunitario, mayor rendimiento con menor esfuerzo de cada uno de nuestros órganos, mejor circulación sanguínea… El cuerpo al no trabajar tanto por llegarle una correcta oxigenación, reduce su esfuerzo a la mitad y en consecuencia consigue entrar en un estado de calma. El control de la respiración y su utilización correcta, es la pieza clave en los puntos posteriores de este programa, así como para todas las prácticas de meditación o relajación corporal.

Fase 2 - Visualización


Una vez tenemos el control de nuestra mente, construiremos un puente entre la realidad del cuerpo físico hacia el cuerpo mental o espiritual. Este puente es necesario ya que nuestro fin es re-educar el cerebro con pautas racionales que él puede entender. Poco a poco y una vez asimilados los primeros puntos, añadiremos sensaciones e imágenes ancladas al proceso físico. De esta forma, la mente no puede distinguir lo que es real de lo que no lo es. Tenemos el control.

Fase 3 - Construir


Esta es la fase definitiva en el proceso, donde creamos un lugar seguro al que siempre podemos acudir. Este es nuestro refugio, el lugar donde sanamos nuestras emociones y donde somos capaces de separar los problemas de los sentimientos. Creamos un lugar hacia el interior, un lugar de paz, amor y respeto. Un lugar donde todo es posible, estamos tocando el alma: nuestro oasis interior. En él TODO es posible, podemos conectar con todo lo que se guarda en nuestro interior más profundo y sanarlo. Ahí, en profundo estado alfa, podemos alcanzar nuestro cuerpo astral y trabajar todo lo que conlleva. En esta fase, sanamos sentimientos del pasado que nos deprimen, y del futuro que nos causan ansiedad. Aprendemos a programar de tal forma, que cada deseo se convierte en una afirmación y poderlo llevar a nuestra realidad para que se cumpla. Aprendemos a que no tenemos límites, a liberar el miedo, aquel que nos limita siempre la acción. Controlando nuestra realidad, aprenderemos que el tiempo lo limitamos nosotros, nosotros mandamos sobre él y no al revés. Al poder ordenar nuestros pensamientos y focalizar únicamente lo necesario en ese momento, descartando todo lo superfluo que nos entretiene normalmente, nuestro rendimiento incrementará notablemente, nos dará tiempo a todo y para todo, sin estrés.

Fase 4 – Sobre-generalización


No siempre estaremos en disposición de tener el tiempo suficiente para relajarnos y meditar, con lo cual estimamos oportuno incluir esta fase: la sobre-generalización. Aprenderemos a utilizar todos los recursos aprendidos y emplearlos en el momento adecuado con tan solo una orden. En un solo segundo, activaremos la cadena de aprendizaje que hemos aprendido durante el curso.

FECHAS Y LUGARES:
31 de Enero 2009: VALENCIA.
07 de Febrero 2009: BARCELONA.
21 de Febrero 2009: MADRID.
07 de Marzo: VALENCIA.
14 de Marzo: BARCELONA.
21 de Marzo: MADRID.

PRECIO: 120 euros.

DURACIÓN: 5 horas.

Impartido por: DIANA LLAPART.

Información y Reservas:

Correo electrónico: vcalatayud@evo2005.com

Teléfono: 616.491.509

martes 7 de octubre de 2008

Relato Breve (Año 1995)


CUANDO ACABE LA TORMENTA

- I -

Los paradigmas empezaban a nublarse tras el traslúcido cristal amarillento como si quisieran transformarse en formas irreconocibles, en marionetas que, en íntima conexión con la irrealidad, fugaces, destrozan lo que el tiempo se ha ocupado de crear. Las ávidas esperanzas de futuro cegaban la verdadera imagen de una vida perecedera, colmada de aciagos placeres e impetuosos deseos; los estrechos vínculos con el presente perdían el respeto a todo lo que no fuera viablemente recordable y los axiomas, en un momento irrefutables, tornábanse vastos e incongruentes. El recuerdo trataba de formar, por sí solo, su auténtico rol, pero se desvanecía como una tormenta de verano, transformando en calma lo que, instantes anteriores, eran desmesurados indicios de vida. Había una extraña pasión, una mezcla de colérica ansia por conocer y una déspota sensación de aniquilación subyugadora. El gran dilema, el verdadero corpúsculo vital…, la muerte, en definitiva, dejaba caer su pálido y estremecedor manto sobre las huellas indelebles con una arrogancia extrema y una indecencia insultante. Mientras, las queridas, que no deseadas, preguntas sin respuestas, se subsumían en la indevoción del que se resiste a morir sabiendo que el cielo no ofrece garantías y que la vida eterna puede ser, tan sólo, una excusa absolutoria, una absurda invención humana. La mente, el pensamiento, el cuerpo, sinérgicamente empezaban a desviar sus auténticas funciones para olvidar el amargo presente, pero la inescrutable presencia que se cernía alrededor, la interminable sincronía letalmente amenazadora, el devenir sucesivo y aberrante, tenía demasiada fuerza para ser vencido… y así fue.

Un entierro bastante sobrio, una misa lo suficientemente hipócrita y un adiós esperpéntico, formaron el final escaparate de aquella expiración sin sentido, si es que alguna expiración lo tiene. Hubo caras tristes, algunas lágrimas, incluso alguien llegó al desmayo en un alarde de sensibilidad enmascarada, en una tétrica muestra de procacidad apabullante. Mi hermano, realmente conmovido, trataba de encontrar la premisa que faltaba en el absurdo entimema. Era fácil imaginar la ira contenida y el desprecio formal a la conformidad, al gregarismo, a la adaptación heredada, a la falta de habilidad; mi hermano sentía que su infidente y difunto amigo le había fallado, le había abandonado cuando más le necesitaba, cuando más le echaría de menos, y cuando pensara en él no podría dejar de odiarle en cierta manera.
- “Es tan injusto – decía – no puedo creer que acabemos de enterrar a José. Ayer estaba tan radiante y hoy…”.-
En estos procesos no sirven las leyes de la vida, no hay consuelo, puede que exista un simple hueco que el remordimiento se trata de ocupar irremediablemente. No hay método para olvidar; no hay instante que se olvide; no hay olvido al que apelar, sólo cabe gritar al viento, llorar y digerir la mutilación sobrevenida.
- “Podría haber sido yo – repetía mi hermano – Y creo que hubiera preferido serlo”.
Es difícil tragar esas palabras y muy frustrante no saber cómo extinguir ese fuego interno, solo el uso de estúpidas muletillas sociales, estoicamente recibidas por quien las soporta, tratan de suavizar el dolor, pero éste permanecerá siempre… para siempre.

- II -

Los días iban pasando y mi hermano conservaba firme su sensación de culpabilidad, se juzgaba pieza integrante en aquella fatalidad del destino y su conciencia, sumida en la oscuridad, debía realizar un trabajo extraordinario, casi ceremonial, para arrinconar lo ocurrido. Su pensamiento, en lugar de avivar la fuerza necesaria para existir, había tejido una terrible red, a modo de corteza, para aislar todo aquello que pudiera hacerle conmemorar aquel espantoso acontecimiento. La ausencia de vitalidad fue a mezclarse con una angustia existencial que hizo temer, al resto de la familia, la posibilidad de un peor desenlace digno de tragedia griega.
En una ocasión fui al piso de mi hermano. Era pequeño, situado en el casco antiguo de la ciudad, en un barrio de gran carácter. Las escaleras se hacían un tanto pesadas incluso para una persona joven como yo, a pesar de ser un tercer piso, con esos escalones grandes de las fincas añejas; y el aspecto de los ladrillos hacía presagiar un desastre el día menos pensado. Cuando entré mi hermano estaba frente al televisor encendido, pero sin volumen. Me percaté enseguida de lo que ocurría, mientras él, con una leve y espesa lágrima recorriendo su mejilla, me decía:
- “¿Sabes, Jaime? No puedo olvidar lo ocurrido. Si no hubiéramos bebido tanto quizás…”. -
Estaba, paradójicamente, bebiendo una lata de cerveza mientras en el televisor echaban unas imágenes de un accidente en la carretera de Madrid-Valencia creo recordar. Yo, así las cosas, no pude más que decirle otra vez lo mismo de siempre:
- “Luis, debes mirar hacia delante, no hacia atrás”.-
Se levantó del sofá, se enjugó las lágrimas y, colocando su mano derecha sobre mi hombro izquierdo, me susurró: - “Gracias, hermano”.-
Instantes después observé que tenía terriblemente desaliñado el piso, incluso su colección de pequeñas figuritas de Buda, que antes tanto velaba, estaban estratégicamente descolocadas, como si hubiera estado jugando con ellas. La incomodidad de la situación no me persuadió cuando lo más fácil hubiera sido marcharme y dejarle sólo, sino, extrañamente al contrario, sucedió que, al rato, estábamos en la mesa, cenando un plato precocinado cualquiera e intentando, al menos por lo que a mí atañía, sacar algo en claro.
- “Luis, hace ya cuatro meses de aquello, no puedes seguir haciéndote daño de esa manera”.-
Le entendía perfectamente, y sé que mis palabras no eran muy originales, pero no era el momento de poner en marcha mi gran locuacidad, ni de estar siempre hablando de lo mismo. Intentaba sacar otros temas de conversación, mi trabajo en la imprenta, nuestros padres, nuestra hermana Lola, a punto de casarse por segunda vez, nuestro sobrino Germán, un nano genial, con unas muestras de creatividad bastante raras para su edad, etc. Sin embargo, a pesar de mi cautela, había algo siempre que nos hacía, estúpidamente, acabar hablando de la muerte de José. Cuando me marché le pregunté a Luis si necesitaba algo, si estaba bien, incluso si quería que me quedara con él, pero, casi de modo automático me respondió con una procaz negativa, como echándome de su casa, quizás para quedarse a solas con sus recuerdos. Para mí, en aquellos momentos, tenían prioridad sus necesidades, las mías no dejaban de ser triviales y mi interés puramente fraternal. Me preguntaba cómo podría ayudarle, qué podría hacer yo, pero la decidida soledad de mi hermano era lo suficientemente reveladora y explícita.
Al día siguiente le llamé por teléfono desde la imprenta. Su voz era melosa, falta de fuerza y vigor, pero su ánimo parecía haber retomado la mecánica habitual y me dijo que tenía pensado pasar a por mí para ir a comer. – “Claro, Luis, pásate a las dos.”- Para mí no era una obligación, ni un compromiso, ni siquiera una luctuosa tarea; era más bien una simple transferencia de cariño… de puro cariño.

- III -

Comíamos en una cafetería cercana a la imprenta. Mi hermano tenía un aspecto bastante más aceptable y luminoso que días atrás, y su ánimo, como digo, estaba volviendo a la realidad, que aunque seguía siendo un tanto infausta, no dejaba de ser real. No puedo describir el placer que sentí cuando me dijo que estaba ya dispuesto a volver a ser el de antes, y me pareció una actitud heroica, pues no sé cómo podría estar comportándome yo en su situación. Había permanecido mucho tiempo exiliado en sus pensamientos, absorbido en irrazonables temores, y su confusión había llegado a entorpecer mi cotidiana monotonía. Yo creía en él, estaba absolutamente convencido de su aptitud para enfrentarse de nuevo a la vida, pero mi innato e inmanente sentido de la responsabilidad me hizo vacilar un tanto. Me preguntó acerca de mis creencias sobre la inmortalidad del alma y no pude más que reprocharle la inmoralidad de su pregunta, ya que proveníamos de una familia de gran arraigo en el catolicismo.
- “Luis, no sé cómo me preguntas eso.”- le dije. – “Tú has sido católico desde pequeño, sabes todo lo que hay que saber acerca de eso.”-
- “Sí, sí…, pero tú, ¿tú qué piensas?.” -
Su cuestión fue lo bastante arrogante como para haberme levantado de la mesa, o eso creí yo, sin embargo, me vi obligado a responderla sin más.
- “Yo siempre he creído en Dios. Un dios un tanto particular, pero, al fin y al cabo, en Dios, y eso supone que debo creer en la vida después de la muerte ¿no?.” -
Sabía que mi réplica no era demasiado purificadora, más aún porque no podía fundamentarla más que en mi intangible fe y porque, realmente, no sabría explicar el verdadero por qué de mi relación con la religión, pero no tenía una mejor que ofrecerle. Me miró y sus ojos me delataron su pensamiento, no hizo falta ni una sola palabra entre los dos para intuir lo que estaba tratando de decirme.
- “Jaime – su tono no me gustaba lo más mínimo y me pareció que sus siguientes palabras serían especialmente carentes de tacto – creo que Dios no existe. Es imposible que exista, si no ¿cómo pueden explicarse tragedias como esta?, ¿cómo puede dejar que tanto sufrimiento sea padecido?.” -
Hubo un silencio helado entre los dos, yo no tenía la capacidad suficiente para responder tamaña pregunta e intenté refugiarme diciendo que eso eran cosas íntimas, de cada uno, inexplicables, y que si quería creer que creyera y, que si prefería abandonar su religión que lo hiciera, que el caso era ser feliz en la medida de lo posible. El caso es que la incomodidad de la conversación me hizo claudicar y, excusándome con que tenía que volver a la imprenta, le despedí.
Una terrible sensación de duda se apoderó de mí el resto del día, realmente las palabras de mi hermano habían hecho tambalearse los cimientos de mi fe, y creí, por un momento, estar sufriendo una esporádica transformación injustificada, una lucha interna entre mi yo-persona y mi yo-cuerpo físico. ¡Qué difícil resultaba explicar los sentimientos y qué fácil era divagar sobre algo tan inexplicable y vago!. Se creó un sigiloso forcejeo entre mi materia y mi espíritu que me llevó a tratar de olvidar, a tratar de no volver a replantearme el asunto.
Mi también innato sentido de la prudencia hizo que no comentara nada de esto en casa de mis padres, sobre todo a mi madre, que se habría preocupado, posiblemente en exceso, y habría llamado inmediatamente a Luis para decirle que fuera a ver al padre Joaquín para que le asesorara y recondujera por el buen camino, pero a mí ya me había asaltado la vacilación de cuál era ese buen camino que desde niño tenía tan asumido… tan diáfanamente asumido.

- IV -

Dos meses después volví a tener otra trascendental charla con mi hermano, prácticamente recuperado, pero sumido en un nuevo sentimiento tan desconcertante como el remordimiento, tan humillante como la ruptura de los compromisos, tan insolidario como el poderoso.
- “Jaime, siento como si estuviera traicionando a José. – dijo – Es como si al tratar de olvidarlo todo también me fuera olvidando de él; como si nuestras vidas se hubieran separado definitivamente y tuviera que elegir. ¿Entiendes lo que te digo?” -.
Por supuesto que lo entendía, y yo, no sé si acertadamente, traté de hacerle comprender que verdaderamente José se había volatilizado, que no volvería nunca jamás, y que su elección era bastante más simple de lo que pudiera parecer. No había ninguna traición ahí, ni siquiera había olvido, solo aflicción, pura y llana aflicción, pesar, congoja, que si bien por una parte era hasta inexcusable, por otra era realmente devastadora. Le hice comprender que su elección era entre la vida y la muerte, y que cuando las opciones son tan definitivas no vale la pena ningún tipo de planteamiento. Pareció entenderme y nos despedimos con un sentido abrazo; mi hermano me susurró de nuevo: - “Gracias, hermano.”-
Por primera vez en mi vida me sentía útil, era el bastón de Luis, aquél en quien se apoyaba en los momentos amargos; aquél a quien acudía cuando la soledad se tornaba ingrata; pero, ¿y mi bastón?, ¿mi punto de apoyo?.
Sin darme cuenta me estaba transformando en un ser solitario, en un camarada del silencio, en un viajero sin equipaje propio; ya ni siquiera salía con mis amigos, prefería sumergirme en la contemplación, admirando las estrellas y la luna, imaginando inefables historias de otros mundos, de otras gentes, tan diferentes como similares a mí. Indignamente fui transformándome en un gran indiferente, yo, que siempre había tomado parte en todo lo que pudiera repercutirme, yo, que siempre me erigía en baluarte y defensor de lo imposible, yo… yo.

- V -

Mi propia índole se apoderó de mí y lo que en un principio no era más que un juego dantesco se tornó en una indubitable explosión de incertidumbre. Sentía un despechado consuelo por haber ayudado a Luis, pero al mismo tiempo, una laxa sensación de identidad, un frágil deseo de limpiar mi propio interior de todas aquellas impurezas que habían ocupado mi ser. Ahora era yo quien necesitaba ser ayudado, pero no podía recurrir a mi hermano mayor, quizás por pensar que pudiera volver a sentirse atrapado por sus recuerdos. El tiempo se volvió en un inopinado enemigo, en una certera lanza, en un espontáneo e inquebrantable juez sin alma. Repentinamente me había convertido en un viejo… en un viejo soñador cuyo talento y capacidad para aguantar los lastres de la vida habían tocado fondo. Lo más lamentable era el modo en el que me había dejado atrapar, cómo había perdido mi invulnerabilidad, cómo había sido víctima de mí mismo. Empecé a vivir entre el retiro y la conspiración tratando de resguardarme de mí mismo, pero las circunstancias que me rodeaban eran lo suficientemente fuertes como para absorber definitivamente cualquier tipo de apoyo moral. Mi hermano trató de ayudarme a reaccionar, trató de hacerme comprender, trató de hacerme asimilar, y lo consiguió… vaya si lo consiguió.
Aquella tarde, asomado a la ventana de mi viejo cuarto en casa de mis padres, observando la lluvia, escuchando los monstruosos truenos y asustado por los impetuosos relámpagos, descubrí mi bastón, mi punto de apoyo. En un instante lo que en el exterior era rabia y furia se tornó en paz y transigencia. El sol salió victorioso y refulgente y comprendí que cuando acaba la tormenta necesariamente vuelve la calma… y así fue.

Valencia, Septiembre 1995

viernes 3 de octubre de 2008

OPTIMISMO INTELIGENTE

"Si hago una buena obra, me siento bien; y si obro mal, me siento mal. Ésta es mi religión", decía Abraham Lincoln. Para conservar y potenciar nuestra paz interior y nuestro equilibrio necesitamos no engañarnos, no decir una cosa y hacer otra; pero si esto ocurre, admitir que obramos erróneamente y sentirnos mal.

El primer pensamiento es claro: una persona es la suma de todas las buenas acciones llevadas a cabo a lo largo de su vida. ¿Qué pasa con el mal que ha hecho? Lo que importa es reconocer que lo ha hecho, sentirse mal por ello, es decir, arrepentirse y, finalmente, dos cosas: una, remediar los daños causados con la mala acción para restablecer el bien donde se causó mal; otra cosa muy importante es incrementar las buenas acciones en la medidad de nuestras posibilidades.
Como bien decía Marie Curie, la mejor vida no es la más larga, sino la más rica en buenas acciones.

El segundo pensamiento que debe ocupar hoy tu mente es traer a la memoria todas las cosas buenas que hayas hecho hasta ahora de forma consciente. Ese inventario debe también incluir de cuanto bueno y positivo te ha ocurrido a lo largo de tu vida hasta hoy.

¿Sabes cual es el fin de todos ellos? Que te convenzas por ti mismo de que tienes sobradas razones para el optimismo, y aunque hayas pasado por muchas situaciones críticas y la vida te haya traído no pocos sinsabores, si sumas todo lo bueno que te ha sucedido, con tus buenas acciones, sin duda esbozarás una sonrisa y reconocerás que ha merecido la pena vivir hasta hoy. Por muchas que hayan sido las sombras, las luces de tu vida se han impuesto sobre ellas, las han disipado.

Extracto del libro "APRENDIZ DE SABIO", de Bernabé Tierno.

miércoles 1 de octubre de 2008

JIDDU KRISHNAMURTI



Me gusta mucho leer a Krishnamurti, me parece un tipo interesante. Os dejo un "recorte" de un libro que se llama "LA LIBERTAD PRIMERA Y ÚLTIMA".

"Me parece que antes de emprender un viaje para hallar la realidad, para encontrar a Dios, antes de que podamos actuar... es esencial que empecemos por comprendernos a nosotros mismos en primer término...

Ahora bien, sin conoceros a vosotros mismos, sin conocer vuestra propia manera de pensar, y por qué pensáis ciertas cosas; sin conocer el pasado de vuestro condicionamiento, ni por qué tenéis ciertas creencias en materia de arte y de religión, acerca de vuestro país y de vuestros vecinos, y acerca de vosotros mismos, ¿cómo podéis pensar verdaderamente sobre cosa alguna? Si no conocéis vuestro pasado, si no conocéis la esencia ni el origen de vuestro pensamiento, vuestra búsqueda será, con toda seguridad, completamente inútil, y vuestra acción carecerá de sentido".

lunes 29 de septiembre de 2008

Y DESPERTAR…


Yo envidio al viajero errante y al emigrante que vuelve al hogar;
Envidio la suave luz primeriza que nos despierta,
el silencio, el azar;
Y odio la sangre fría, la estulticia, la virtuosidad
del enmascarado y falaz, del empobrecido y facineroso;
Y amo, del generoso, su prodigalidad.

Yo envidio al valiente que defiende derechos y libertades,
que no conoce la vanidad; y al ilustre y al amable y al pretencioso
incapaz, que entre hojas secas, encuentra flamear banderas e ideas,
improntas;
y el mar que no cesa,
y te ofrece promesas imposibles y crece la busca y captura,
y mece, en la cuna, su incapacidad.

Y odio perder el tiempo, la soledad, el conformismo
social, y la amargura y la maldad descarada
que enfrenta pasiones, y absorto contemplo,
ajeno, la crueldad, el inútil dinero que da la felicidad
falsa y escurridiza; enfermiza sociedad.

No espero encontrar respuestas ni ofrecer soluciones,
ni las deseo siquiera;
Mi alma envidia el misterio y los enigmas,
y los dilemas, y las plegarias humildes; y odia el rencor,
y los estigmas indelebles de dolores y obsesiones.

Yo envidio la libertad de los pájaros y los sueños de los demás;
Yo nunca he soñado;
y amo la vida… y a ti… y por qué no al desgraciado
y al escuálido dueño de templos malditos, de cartón y sucias mantas,
de botellas vacías y huecas esperanzas.

Yo odio las etiquetas, los fuegos artificiales, el papel del water
que se deshace, los yates lujosos y la lujuria promiscua, y la xenofobia
entre hermanos, y el dominical canto sagrado del cínico depravado
que exculpa pecados sin perdón.

Solo espero respeto y alguna caricia sincera, y un beso
en la noche, y ningún reproche; y ser honesto y gozar de los días;
Escapar de la ducha fría en invierno y tejer una colcha de lana
en verano, y taparme los ojos o quedarme ciego perpetuo
para no percibir los rumores funestos, las desdichas y el fuego
que ha de abrasar nuestra ira y los sueños.
Y despertar…

CONTINÚA…

Hay mil hombres sin bandera,
sin escudo, sin frontera
que separe su mundo;
Sin pasiones, sin lazos,
sin nudos en sus piernas.
Hay mil hombres sin memoria,
maniquíes en la pasarela
oscura, sin linterna;
Limpios, sucios,
encadenados a levíticos rumbos.
Han vivido la iniquidad,
y la guerra, y el sacrificio,
y la incisión y la amargura,
y el holocausto maldito
que perdura, perdura…
Y fiscalizamos sus actos,
y les negamos sus derechos humanos,
y compartimos,
falsamente,
su desgracia; espoleamos
sus principios y sus espinas
arrancamos,
y no crecen las espigas,
ni las flores; ni las niñas
sonríen, sin padres.
Y el pragmatismo nos conduce
a olvidarnos de esos mil hombres extraños,
y de sus mujeres y sus hijos;
Y la indiferencia nos complace
y nos hace inmunes a sus sueños,
tan dispares, tan ajenos,
tan distintos, tan parejos.
Y rezamos a nuestros dioses
alabanzas y plegarias,
mas no sacrificios
nos imponen.
¡Qué más da! Están tan lejos,
y tan cerca, y tan juntos;
tan viejos, son sueños
que no nos importan,
no son los nuestros;
¡Qué se jodan!


Y ellos se joden.
Y nosotros paseamos
frente a escaparates de lujuria,
y la vida continúa,
(la nuestra y la de ellos),
continúa, continúa…